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miércoles, 19 de marzo de 2008

LOS AUTOS LOCOS

¿Quiénes son los dueños de estas máquinas enchuladas que rozan el bizarrismo? ¿Se trata de niños ricos que tienen tristeza? Algo de eso hay, pero no solamente. También hay pibes que se gastan fortunas con el afán de diferenciarse de sus pares. Hacen “tuning”: personalizan sus autos poniéndoles llantas especiales, alerones, puertas alas de gaviota, zócalos, faros de neón, estéreos de 15 mil pesos, conexión con iPods, DVDs, parlantes woofers con conos de espuma de aluminio tramado, escapes que tiran fuego, lámparas interiores, teléfonos. ¿Todo eso entra en un auto? El tuning es un viaje de ida. Enfrentado a los pisteros.




Por Santiago Rial Ungaro

“Tengo un amigo con DVD en el auto que en el verano pasado yendo a Mar del Plata lo paró la policía. No le pidieron la cédula verde. Sólo le preguntaron si tenía una porno”, dice uno. Tener un auto “tuning” tiene sus pros y sus contras. El término viene del inglés, y es algo así como “sintonizar” o “personalizar” un auto. A la mente viene el título del primer libro del canadiense Marshall McLuhan (aquel de El medio es el mensaje), en 1951: La novia mecánica (The Mechanical Bride). Supongamos que nuestra “novia” nos pide ser única: primero le cambiamos las llantas, casi como comprarle unas botas. Luego nos pide que le modifiquemos los spoilers (los alerones delanteros y traseros) y, excitados al verla tan aerodinámica, se nos ocurre agregarle unas máscaras (pueden ser de plástico o de fibra y que cubren los paragolpes con verdaderas artesanías hechas a medida o prefabricadas). Después decidimos ponerle unas puertas alas de gaviota, unos zócalos especiales para el piso, para mejorar un poco el confort interior. A eso le vamos sumando accesorios lumínicos para que nuestro auto personalizado (a esta altura una novia mecánica de aquéllas) pueda lucir sus detalles gráficos (ya sean ploteados o aerografiados). Lo que deriva en instalar iluminaciones de neones.

Claro que el movimiento de la “nena” es importante, así que los diferentes relojes (punto de conexión entre tuners y pisteros, dos grupos con cierta pica) le van dando importancia al tablero, que no se va a poder quedar atrás. ¡Y tampoco hay que olvidarse del volante!

Con dinero en el bolsillo y una novia tan exigente, todo depende de la imaginación. Hay uno que entre los accesorios incluyó una pecera y una lámpara con forma de araña. De todas formas, supongamos que ya hicimos todo esto para personalizar nuestro auto. Bueno, con esto no hacemos nada: es esencial instalar un muy buen equipo de audio (decisivo en las competiciones, que tienen en cuenta la calidad del audio como el volumen), que incluye los estéreos (con iPod y DVD), los parlantes (woofers, tweeters y subwoofers para incrementar la sonoridad con un cono de espuma de aluminio tramado) y, ya que estamos los accesorios telefónicos.

Sin contar con los arreglos al motor (no nos olvidemos que se trata de un auto) y otro tipo de accesorios. No son pocas las chicas que, extasiadas ante estos carros, pueden llegar fatalmente a convertirse en un nuevo tipo de accesorios. Y sumen, por cada producto enumerado, los fabricantes, los comerciantes, las promociones, las publicidades involucrados. El tuning es una tendencia concreta dentro de un mercado en expansión, que crece con exposiciones, las publicaciones (como la flamante Zona Tuning, de distribución gratuita en lugares especializados y exposiciones) y con programas de TV (el clásico El garage argentino y Enchúlame la máquina de MTV, ver recuadro). Pero paren un poco.

Las combinaciones sólo están limitadas por las posibilidades económicas. El tuning es una elite, pero hay algo más: “Es la personalidad de uno sobre el auto, poner todos los accesorios que hagan más confortable tu andar. Es una forma de vida”, dice Gustavo, un gordito simpaticón, pistero y solterito sin apuro. Es dueño de un VW Gol que saca fuego de su caño de escape, sugestiva metáfora sexual con desventajas: es mucha la nafta que se gasta haciendo un numerito que todos quieren ver. Por su parte, Federico siente que el tuning hizo que su Ford K diablo sea un auto único, tan exclusivo que sólo entran su novia, su hermana y su mamá, a contrapelo con los mitos de seducción compulsiva: “A mí me ha pasado de que un tipo con un Porsche me diga: me gusta tu auto”, agrega, sin disimular orgullo.

La tendencia lleva a una situación irreversible: un auto tuneado es una máquina de enchular. Y aquí sólo estamos dándole a la palabra “chulo” su sentido literal. Cualquier auto bien tuneado es como una mujer maquillada, pintada, perfumada, adornada y vestida para matar: una peligrosa máquina de seducir. “A veces estoy re-tranquilo. Bajo las ventanas, me calzo las gafas y pongo música. Y capaz que tenía que llegar a algún lugar y ya fue, llego reee-tarde. Es como fumarte un faso: te quedás re-tranquilo. Es una droga más”, dice Marcelo, en su VW Gol rojo. Cuando los propietarios de autos tuneados cuentan sus experiencias, todos coinciden en ciertos puntos.

Primero: todos empezaron de a poco. “Al principio le cambié las llantas, le polaricé los vidrios y le puse un par de accesorios”. Segundo: no es sencillo tunear un auto porque es mucha plata y es difícil. “El estuvo casi un año sin el auto”, dice uno comprensivo señalando a un “colega”. El proceso incluye un período en que el auto está horrible. Refacciones como la de ensancharlo o reconstruir con fibra su interior implican someter al auto a un proceso similar al de una cirugía plástica. Al principio es impresentable.

“Es raro verlo terminado”, explica Sergio Monteleone, editor de Zona Tuning. “Pero, además, este resultado puede ser sólo un momento del auto, que puede durar una exposición. Se da el caso de gente que, entre una exposición y otra, pueden volver a tunear todo un mismo auto.” En algunos casos, la idea es arreglarlo para después venderlo. Claro que no es fácil coincidir con una fantasía ajena. “Todos ven el auto y les parece muy lindo –dice Gustavo–, pero el 80 por ciento de las reformas que hacés no te las va a pagar nadie. Tenés que encontrar un loco que justo le guste todo el laburo que vos le hiciste. Aunque comprándolo te evitás todo el proceso de la reforma. Yo el mío no lo quise poner ‘extremo’, porque la idea en algún momento es venderlo.”

Tercero: lo mejor es salir con el auto. Basta con pasear un poco con nuestro nuevo amigo Marcelo (18 años) y su auto personalizado para entender que sí: viajar en un auto tuneado suele ser un placer, tanto por su suntuoso andar como por el lujoso interior del auto. Y ni hablar del equipo de audio. Con tanto accesorio, la funcionalidad convencional desaparece. Un auto personalizado ya no es un auto: es otra cosa. “De noche, este auto es una nave espacial”, se entusiasma Gustavo, fanático de las luces. “Yo a veces no quiero pasar por Warnes y Juan B. Justo porque sé que si tengo algo de plata me la voy a gastar toda. A mí me gustan las cosas que tengan luces, y todas las semanas salen accesorios nuevos: luz para zócalos, luz para la bocha de la palanca de cambios, luz de neón.”

Alguien me sugiere que le pregunte a Marcelo sobre una Renault Fuego amarilla y cuenta la anécdota: “Estábamos por Constitución, paseando y recorriendo los barrios bajos y justo paramos porque unos amigos querían hacer sus necesidades. De repente paró una Renault Fuego amarilla tuneada, y vimos cómo levantaba a un tremendo trava de 2 metros 10”. ¿La moraleja de esta típica anécdota? Todo el mundo del tuning se enteró: un auto tuning identifica fatalmente a su dueño. Es como un pibe pelirrojo al que los profesores siempre van a identificar en los tumultos estudiantiles.

Una cuarta coincidencia: hay un antes y un después de las exposiciones.

Todos hablan de la satisfacción de participar, de la emoción de pasar de ser público en una exposición a ser parte de la “elite” tuning. Claro que la vanidad de esta novia mecánica en exposición puede fácilmente llevarla a dejar de ser auto-móvil para convertirse en un auto-escultura: así como hay autos de calle que pueden lucirse en una exhibición, también hay autos que ni andan. “Vos te reís, pero hay autos que a 40 km/h ya se les empiezan a salir cosas. Hay gente que lo tiene como segundo auto, que está en exposición y los sacan y los dejan ahí.” Otra cosa llamativa para el novato es ver el auto de Gustavo (el que saca fuego del escape) y escucharlo decir que tiene un auto “sobrio”. “Sobrio quiere decir que no tiene las butacas de competición, que no está ensanchado, que no está tan bajo. Tiene las características de un auto común: tiene la rueda de auxilio, no eliminé el baúl para instalar el sistema de audio. Yo al auto lo uso todo el día”.

Por otra parte, la imposibilidad de pasar desapercibido puede derivar en situaciones peligrosas: “Han secuestrado pibes pensando que tenían un montón de plata, sólo por el auto. Pero esto es una forma de vida”, dice Marcelo, que trabaja vendiendo repuestos de colectivos con su papá. “Vos la plata te la gastás en el auto. Si ganás 800 pesos al mes, te gastás 700 en el auto y sobrevivís con 100. Pero ven el auto y se creen que tenés una luca en el bolsillo.” Paradójicamente, la policía, cuando no piensa en pornografía, es a la vez una molestia: “Ese otro tema: te paran cada dos por tres. Te miran los papeles y después te dicen: ‘Che, ¿por qué no le pusiste un escape más grande?’. La otra vez me paró uno y me pidió todos los papeles: registro, cédula verde, seguro... Y en eso estaba cuando me doy cuenta de que había ocho tipos mirando el auto del otro lado. Igualmente yo prefiero al policía copado, porque de última te sentís protegido. Pero a mí me han tenido 40 minutos por reloj, mirando el auto”. En fin.

Gustavo asiente y agrega: “Lo que te da bronca es que te paran a vos y hay tipos que tienen el auto sin luces y sin patente, y a ésos no los paran”. Otra paradoja es que cuanto más vistoso es un auto más pierde su capacidad de ir a cualquier lado. Entre los históricos del tuning surge por momentos cierta nostalgia de la convertibilidad: “Antes, con el uno a uno, era mucho más fácil. Ahora si llego a vender este auto, la verdad es que no sé si voy a volver a tunear otro: es mucha plata y mucho tiempo... Igual, las llantas, el polarizarlo, bajarlo y el escape, seguro que se los voy a hacer. Pero no sé si voy a seguir”.

El resto de los tuneadores que comparten la charla se ríe: saben que el tuning es un viaje de ida. Federico aporta otra idea: “Uno empieza a ponerle cositas para que su auto sea único, pero después ya no podés parar. Se convierte en una adicción. El tuning es una forma de vida, pero capaz que más adelante se convierta en una enfermedad y tenga que ir a un psicólogo”. ¿Habrá psicólogos de tuning?, pienso mientras entramos en caravana tuninguera en una confitería de la Costanera, sugestivamente llamada Envy. Cuando le señalo el nombre del lugar, Marcelo asiente: “Es fácil conseguir enemigos en el ambiente. Hay mucha envidia. Incluso hay pica con los pisteros. Te miran, te ponen el auto al lado y te quieren provocar, correrte una picada. Yo me cago de risa. Incluso en las exposiciones, muchas veces está todos con cara de orto”.

El tuning genera una forma de vida y hasta una nueva adicción. Marcelo: “Hay gente que, si llueve, ni saca el auto. Pero yo hasta le cargo leña. En una exposición he visto a un tipo todo el día pasándole la franelita. Uno le tocó el auto con el dedo y casi lo trompea”. Mientras los flashes se extasían antes los autos, se escucha un sonido estremecedor: estamos a metros del Aeroparque y los aviones nos hacen sombra. Ahora que hay quienes pagan millones para ir a la Luna, ¿habrá aviones tuneados?
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